No les voto.

Apenas puedo controlar mis nervios por las fechas tan especiales que se acercan. Las elecciones municipales, la fiesta de la democracia…! Se me hace tan atractivo como una comida familiar en el pueblo a un adolescente sin primos. Ni me planteo a quién votar, ya decidiré a última hora, si voy. No, no se engañen, no es el discurso de un jovenzuelo pasota. Yo he creído en la política, en la ideología, he intentado comprender qué es ser de izquierdas y qué es ser de derechas. Quiénes son los verdes y qué quieren los nacionalistas. Pero como la mayoría de nosotros, me aburrí hace tiempo de ellos. Cuando estaba en la universidad pensaba que mentían, pero no sabía cómo. Cuando empecé a trabajar, comprobé que su trabajo era mucho más difícil de lo que pensaba, y me volví crédulo. Cuando llevo casi seis años cubriendo su rutina, sé con certeza que mienten y cómo mienten. Que la mayoría de los políticos son buenos, pero impotentes, que muchos son idiotas sin saberlo y que los poderosos, quienes mandan sobre el resto, tienen como motor fundamental serlo más. Hay honrosas excepciones pero ahora mismo no recuerdo ninguna.

Con respecto a la gente, pienso que uno vota lo que mama en casa y que un domingo en un restaurante es bastante complicado distinguir entre el votante medio del PP o el del PSOE. Que el no o el sí a la guerra, la aceptación o no de la sentencia del 11M, o la simpatía o el rechazo a la Ley de Memoria Histórica va a depender más de los comentarios que hacían nuestros padres a la hora del telediario que de un proceso personal de formación y búsqueda ideológica. Que son muy pocos los radicales que se niegan a seguir oyendo el Carrusel porque ahora está en la Cope y que nadie da dinero a los pobres cuando está tieso. En esas circunstancias, el póster del Che Guevara, la banderita de España en el maletero del Polo o la camiseta de Iron Maiden significan prácticamente lo mismo: “Hola, soy una persona normal y tengo mis gustos”. De la simpatía al compromiso hay un trecho.

En definitiva, que hace ya mucho que, con independencia del bando en que muriera nuestro abuelo, pienso que todos queremos lo mismo y que la política, la democracia, se ha convertido en un juego cargante entre aspirantes a dictadores breves. ¿Que estoy haciendo una generalización burda? Sólo hace falta irse a la cúspide. Rajoy se pasa por el arco del triunfo el caso Gürtel, y por extensión, la validez del poder judicial como pilar fundamental del Estado, porque necesita a Camps para lograr el sueño de su vida. Zapatero… bueno, es que Zapatero no es ni bueno ni malo, ni listo ni tonto, ni liberal ni socialista. Él no pertenece a nadie, pertenece al viento. Su reinado terminó y con él la ilusión que conseguía transmitir en sus discursos. La intención de voto al presidente en las encuestas tiene la parábola de un escupitajo.

“Justicia, libertad, igualdad, etcétera”. Cuando te acostumbras a escucharlas en boca de esos pitbulls fanáticos con sus siglas en el collar inaugurando un centro de salud, cuando se convierten en el léxico torpe de quien quiere impresionar a los votantes como si fuesen memos y no expresar ideas ante los ciudadanos, recuerdas el “niño, caca” de tu madre y procuras no copiar lo malo. Se te quitan las ganas de sonreír cuando ves a Camps como un loco enfarlopado castigarse las comisuras de la boca cuando entra al juzgado, cuando promete felicidad y millones porque tiene un plan que se llama Confianza. Es que da risa y luego pena. Y luego aburre.

En esas llego a las elecciones, y creo que la gran mayoría del electorado (electorado suena a ganado, a mercado, a congelado) vamos con el mismo entusiasmo funeral a depositar nuestro voto.

Pero a lo mejor el hastío ha tenido su ventaja. Bajando el scroll de las páginas webs lejos de las promesas y las trifulcas de los Gürtel y los Sindes, di con un reportaje sobre Islandia. Un país idílico, salvaje, donde vive gente rara como Björk donde nadie se preocupa por cerrar la puerta del chalet porque la gente rara es educada y come todos los días. La banca especuló, la banca arruinó a un país rico y ahora la gente de ese país pudiente ha echado al Gobierno miope que no lo vio y está a punto de negarse a pagar la deuda que han causado sus banqueros. Parece la respuesta a quienes dicen que lo que está pasando en el mundo árabe nunca pasará aquí, porque aquí seguimos teniendo dinero para comer, para vestir y para ir de cañas. Los islandeses también, pero al parecer, no se conforman sólo con sobrevivir.

Sí, los islandeses tampoco fueron tan inocentes. Como aquí nos pasó con el pelotazo inmobiliario, ellos sospechaban que todos se estaban volviendo demasiado ricos demasiado rápido, pero debieron pensar ¡qué carajo!, ponme otra ronda y mañana ya veremos quien paga. Cometieron un error, pero el de los de arriba fue más gordo, más grave. Y van a pelear que el castigo sea proporcional. Se echaron a la calle. Y han conseguido, al menos, hacer que parezca una revolución. ¿Cuándo nos echamos nosotros a la calle, todos, por última vez? ¿En el 11M? ¿No nos da vergüenza no habernos quejado ni una sola vez porque el 40% de los menores de 25 años no tenga trabajo? ¿Porque haya decenas de imputados por corrupción con muchas posibilidades de manejar nuestro dinero durante los próximos cuatro años? Si yo fuera Ricardo Costa, me estaría probando cómo me queda el reloj al volante del Infinity con toda tranquilidad. “No me puedo creer que todavía siga aquí”. Y ahí sigue.

No me he leído el ¡Indignaos! de Hessel, ni atesoro una careta de Guy Fawkes de V de Vendetta en la estantería, Assange no me convence ni como periodista ni como líder y huyo de Twitter y de su buenismo democrático como si fueran los alrededores de Fukushima. Pero me alegra pensar que todos los que están detrás de estas iniciativas y de plataformas como No les votes o Democracia real, ya! son gente normal a la que no le importa el bando que mató a mi bisabuelo, los comentarios que hiciera mi padre viendo a Hermida, si llevo un polo celeste o una camiseta de Metallica. Y me alegra saber que sí les importa que nos mientan, que nos manipulen y que se enriquezcan con el dinero de todos. Nos une que estamos hartos de estar hartos de ellos.

Iba a votar, por respeto a los que eran rojos cuando mandaban los grises. Iba a votar al menos inútil. Pero creo que voy a proponerme una pequeña revolución. No sé qué logotipo irá en mi sobre, pero será poco conocido seguro. No voy a desaprovechar la oportunidad de decirle a Rajoy que no legitimo a su gente. A Camps, a Costa, a Ripoll, a Castedo. No voy a dejar de decirle a Zapatero que vender humo es delito en muchos sitios y que hace más daño un tonto que un malvado. Ganará el PP, si nadie la lía. Pero si hay, como parece por el número de adhesiones a estas causas en Internet, casi un millón de votos que se van a disgregar por partidos desconocidos con la única finalidad de decirles que no a quienes aceptan tránsfugas, corruptos y vendemotos como sinónimo de representantes de la sociedad, se estarán sentando las bases para una nueva forma de gobernar donde la gente dimita cuando robe, donde los programas electorales se cumplan y donde los gobernantes respeten, aunque sea por miedo a perder el trabajo, a la gente que les da de comer.

Artículo de Andrés Valdés.

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