Por qué la guerra nunca es racional.

“El arte de la guerra”, escribió Adam Smith en La riqueza de las naciones, “es ciertamente la más noble de todas las artes”. En cada cultura, la guerra se considera el esfuerzo más noble de la sociedad (recientes amenazas de guerra nuclear y aniquilación masiva han hecho mella en esta pasión universal), a pesar de que lo que es considerado bueno y noble en una sociedad puede muy bien considerarse diabólico y malo en otras. La guerra es usualmente mucho mejor que la paz para definir quién forma parte del grupo, cuáles son sus fronteras, y qué posturas sostiene. La guerra es también más convincente y efectiva para generar solidaridad con algo más grande y de mayor duración que nosotros mismos. La guerra comprime la historia y cambia dramáticamente su curso. Hay en la guerra urgencia, excitación, éxtasis y exaltación altruista, un sentimiento místico de solidaridad con algo más grande que uno mismo: una tribu, una nación, un movimiento, la humanidad. Estos es también por lo que a las noticias de televisión por cable tanto les gusta.

La guerra define claramente mejor lo que somos, para lo mejor o lo peor. Y ha sido siempre así.

La justificación clave evocada por el presidente Obama para ir a la guerra en Libia, y en cualquier otro lugar en el mundo en el que la supervivencia y la seguridad de América no se hallan directamente amenazadas, es que el fallo en actuar “hubiese sido una traición a lo que somos” El mensaje, para recordarnos a nosotros mismos y al mundo, es que los americanos protegen a las gentes que están amenazadas de extinción o deseosas de libertad.

El senador John McCain, antiguo rival presidencial de Obama, rebatió que mientras este imperativo moral puede ser laudable, “la razón por la que hacemos la guerra es para alcanzar los resultados de la política que establecemos”. Y esa política, como el propio presidente ha proclamado es que “Gadafi debe irse”.

Políticos y expertos a través del espectro ideológico recitan que la misión militar permanece oscura, incluso contradictoria, porque como dice el almirante Mike Mullen, Presidente de la Junta de Jefes de Estado, “los objetivos de esta campaña [militar] no son… acerca de verle [Gadafi] irse. Es acerca de eliminar su posibilidad de matar a su propia gente”. ¿Cuál es, pues, el sentido de luchar para prevenir a Gadafi de masacrar a su gente si como dice el almirante Mullen “ciertamente, potencialmente, una de las salidas es que el dictador permanezca en el poder, con el potencial de matar otra vez?

Todavía la inconsistencia entre la guerra como un imperativo moral frente a táctica política es más profunda y ancha que el conflicto de Libia. Llega al corazón de la naturaleza humana y al carácter de la sociedad. Porque pese al engaño popular de que la guerra es, o debería de ser, primeramente una materia de estrategia política y ejecución pragmática, casi nunca lo es. Cuadrando el círculo de la guerra y la política, moralidad e intereses materiales, no es solamente el dilema de Obama o de América, es un dilema que afecta a toda la especie que resulta del deseo de creer con Aristóteles que nosotros los humanos somos fundamentalmente seres racionales, cuando el hecho es que avances recientes en psicología y neurociencias indican fuertemente que el filósofo de la Ilustración David Hume estaba acertado al decir que “la razón es, y debe solo ser, esclava de las pasiones”.

Modelos de comportamiento racional predicen muchas pautas de la sociedad, tales como estrategias favorecidas para maximizar los beneficios o la probabilidad del comportamiento criminal en términos de “costes de oportunidad”. Pero comportamientos  aparentemente irracionales como la guerra – en las cuales los costes mesurables muchas veces superan los beneficios mesurables – han dejado perplejos a los pensadores durante siglos. La perspectiva de cargas económicas agobiantes y un alto número de muertos no necesariamente mueve a la gente de sus posiciones acerca de si ir a la guerra es la elección correcta o equivocada. Una posible explicación es la de que la gente no sopesa los pros y los contras para el avance de intereses materiales, sino que más bien usa una lógica moral de “valores sagrados” – convicciones que triunfan sobre todas las otras consideraciones – que no pueden cuantificar.

Como notó Darwin en La ascendencia del hombre y Sun Tzu un milenio antes en El arte de la guerra, una persona valiente con frecuencia  es alguien intensamente moral, impertérrito ante el peligro y que demuestra querer morir y matar por sus creencias. En la competencia entre grupos de extraños genéticamente, tales como imperios o naciones o movimientos e ideologías trasnacionales, la sociedad con mayor bravura es la que vencerá, ceteris paribus. Considérese los revolucionarios americanos quienes, desafiando al mayor imperio de su era, comprometieron “nuestras vidas, nuestras fortunas, nuestro sagrado honor” en la causa de “libertad o muerte” cuando el resultado deseado era altamente dudoso.

¿Cuántas vidas debe sacrificar un líder para eliminar dictadores asesinos como Muamar Gadafi o Sadam Hussein? La mayoría de las teorías y modelos que usan los profesores hoy día para estudiar conflictos como el del Líbano o la guerra de Iraq asumen que los civiles y los líderes hacen un cálculo racional: si el coste total de la guerra es menor que el coste de las alternativas, apoyarán la guerra. Pero estudios recientes del psicólogo Jeremy Ginges y yo mismo, llevados a cabo con el apoyo del Fundación Nacional de la Ciencia y el ministerio de Defensa, sugieren que esos modelos son insuficientes. Nuestro estudio de gente enfrentada con situaciones de violencia en Estados Unidos, Oriente Medio y África sugieren que la gente ignora constantemente los estudios cuantificables de costes y beneficios, confiando en su lugar en “valores sagrados”.

En un estudio preguntamos a 656 israelíes establecidos en el Left Bank acerca del desmantelamiento de su asentamiento como parte de un acuerdo de paz con los palestinos. Algunos sujetos fueron preguntados sobre su buena disposición para participar en protestas no violentas, mientras que a otros se les preguntó sobre la violencia. Aparte de su disposición recurrir a la violencia para evitar el desahucio, se clasificaron según lo eficaz que pensaban sería la acción y si era moralmente correcta la decisión. Si los asentados toman racionalmente la decisión, en línea con los modelos principales, su deseo de verse envueltos en una forma particular de violencia debe depender principalmente en la estimación de su eficacia. Pero si los valores sagrados entran en juego, ese cálculo estará enturbiado.

Cuando se trata de acciones no violentas, como la formación de piquetes y bloqueo de calles, el modelo de comportamiento racional predice las decisiones de los asentados. Pero para decidir verse envueltos en violencia, los asentados desafían los modelos racionales. Más que cuán  efectiva pueda ser la violencia para salvar sus casas, el deseo de los asentadores de usar protestas violentas  depende sólo de cuán moralmente correcto consideran la opción de usarlas. Encontramos pautas semejantes de “de principios” de resistencia a los asentamientos pacíficos y apoyo a la violencia, incluyendo bombarderos suicidas, entre los refugiados palestinos que sienten que  están en juego “valores sagrados” tales como el reconocimiento de su derecho moral de regresar a sus casas en Israel incluso cuando expresan no tener interés material o práctico en volver a los asentamientos.

En una serie de encuestas con seguimiento entre participantes estadounidenses y nigerianos, confrontamos a los participantes con una hipotética situación de rehenes y les preguntamos si aprobarían una solución – que no era ni violenta ni diplomática – para liberar a los prisioneros. La opción de éxito variaba en el número de rehenes que iban a morir. Por ejemplo, en una versión de la encuesta, cuando se les dijo que su acción iba a resultar en que todos los rehenes serían salvados ambos grupos aprobaron los planes que se les propusieron. Cuando se les dijo que un rehén iba a morir, empero, los más “diplomáticos” se resistieron a apoyar las soluciones propuestas. Aquellos que optaron por la acción militar no tenían ningún reparo. De hecho, la respuesta más común entre estos fue que apoyarían la acción militar incluso si como consecuencia el 99 por 100 de los rehenes moría.

Estos y otros estudios sugieren que la mayoría de las sociedades tienen “reglas sagradas” por las que la gente peleará y arriesgará serias pérdidas (incluso la muerte) antes que el compromiso. Si la gente percibe que una de esas reglas ha sido violada, pueden sentirse moralmente obligados a pelear en contra de los que hacen el mal – incluso si la lucha les produce más mal que bien. Estudios en curso de neuro-imagen llevados a cabo por nuestro grupo de investigación liderado por Gregory Berns y su equipo de neuroeconomía en la Universidad de Emory, indican que los valores sagrados se procesan en esas partes del cerebro que se ocupan del comportamiento gobernado por leyes (más que en el análisis de coste-beneficio), y están asociadas con una mayor actividad emocional que encaja con sentimientos de “atrocidad moral” cuando los participantes perciben una violación de los valores sagrados. En la situación  de los rehenes, los secuestradores amenazaban con violar la sagrada regla en contra de matar a gente inocente. La regla era tan fuerte para los participantes que se vieron moralmente obligados a aceptar la violencia contra violencia, independientemente del resultado. Esto es poco diferente del presidente Obama aparentemente sintiendo de corazón que “como presidente, rehuso esperar a las imágenes de la carnicería y las sepulturas masivas antes de emprender la acción.”

Todo estratega militar entiende que hasta el más pensado plan militar se disuelve generalmente a partir del contacto con el enemigo y que la guerra generalmente conlleva una gran medida de incertidumbre y posibilidad de “consecuencias inesperadas”. Pero incluso la decisión de ir a la guerra jamás es el resultado de un cálculo razonado y racional, y por tanto nunca es “política por otros medios”, a pesar de que von Clausewitz así lo estableció famosamente en su clásico estudio “Sobre la guerra”. Así la percepción de un oficial de un regimiento prusiano de que en la era post-napoleónica de los intereses delestado y las  estrategias para reorganizar “el balance del poder” llevó a creer desastrosamente a las elites europeas que las guerras podían empezarse y seguirse hacia un fin deseado mediante una cuidadosa planificación (mientras garantizaban que en la niebla de la guerra los eventos se salieran de control). Muchos de nuestros líderes militares y políticos aún creen en esta falsa ilusión de Clausewitz: es el sostén del currículo de las academias militares y de los departamentos de relaciones internacionales de las principales universidades de EE UU y de los staff de asuntos exteriores y militares de todo el mundo.

En verdad, la guerra es casi siempre una materia emocional de status y orgullo, de derramar la sangre y desgarrar la carne de otros supuestamente queridos, de terror y sobrecogimiento,  de las necesidades instintivas para escapar del miedo, de dominar y de vengar. Pero la guerra es aún más profundamente una expresión de ese aspecto particular de la naturaleza humana que expresa nuestros orígenes animales pero que también distingue nuestra especie de todas las demás en la lucha por la supervivencia: define “quienes somos” en la búsqueda de significado en un universo a quien, por otro lado, nada le importamos.

A diferencia de otras criaturas, los humanos definen los grupos a los que pertenecen en términos abstractos. A menudo matan y mueren no por  preservar sus propias vidas y las de la gente que quieren, sino por una idea – la concepción que se han hecho de ellos mismos. Se le puede llamar amor al grupo o Dios, importa poco a fin de cuentas. Este es “el privilegio de lo absurdo; al cual ninguna criatura está sometida, excepto el hombre” como escribió Thomas Hobbes en Leviatán. Es un rasgo humano que probablemente no cambie y que los líderes políticos tienen que aprender a gobernar – por muy inexorablemente turbio que parezca – de tal manera que su gente prosperará en un mundo donde el final de la guerra no es más probable que un día sin final. Pero insistir en que la guerra tiene un sentido perfectamente racional, en el que el coste efectivo lleva a fines políticos claros y prácticos, puede imponer un objetivo inhumano que cualquier líder sólo podría esquivar o evadir.

Artículo traducido de Scott Atran en Huffington Post.

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