Después del 15-M, un reto: reinventar la democracia.

Durante estos días, los acontecimientos se han sucedido rápido, casi sin que tengamos tiempo para asimilarlos. La acampada y las asambleas en la Puerta del Sol han permitido que muchos nos podamos encontrar, que podamos hablar e imaginar que es lo que pueden tantos cuerpos e inteligencias cuando se ponen juntos. Cuando la política despierta, cuando sale de la farsa parlamentaria fosilizada a la que se suele llamar democracia, se abren nuevos horizontes de debate y objetivos que antes parecían fuera de nuestro alcance. Por eso os proponemos algunas notas que nos pueden ayudar a comprender, entre todos, lo mucho que se ha logrado y lo muchísimo más que se puede conseguir.

La consigna más coreada ha sido: “Lo llaman democracia y no lo es”. Porque democracia significa en primer lugar gobierno de todos y todas, participación abierta y directa en los asuntos públicos. Cuando se identifica democracia con la convocatoria de elecciones, con una Constitución, con el derecho a representación, ésta se hace equivalente de unas instituciones que pueden estar perfectamente vacías. Sencillamente, decir democracia es decir antes participación y discusión común de los asuntos públicos, que elecciones, leyes y delegación en profesionales de la política. Lo primero que podríamos reconocer en estos días es que la democracia en acto está mucho más presente hoy en la Puerta del Sol que en las peleas electoralistas y en las declaraciones de los partidos mayoritarios.

La reforma institucional que podríamos plantear, nuestra revolución por así decir, no tendría que ser sólo la de hacer más proporcional el sistema electoral, la de introducir la necesidad de listas abiertas y no bloqueadas, o la de encarecer las penas a los políticos corruptos. Si bien se pueden incluir todos los puntos anteriores, nuestra reforma pasa por recuperar el poder público para la participación directa, con órganos abiertos, con referendos, mecanismos de control democrático de los recursos comunes y toda clase de nuevas tecnologías de decisión.

No hay democracia sin igualdad y sin libertad. La democracia es un espantajo ridículo cuando se limita a una elección consumista entre dos marcas, que aunque diferentes en el envoltorio, son básicamente iguales en el producto (PP-PSOE). Pero es aún más patética y falsa cuando las instituciones “democráticas” se ponen al servicio de unos pocos. La crisis nos ha enseñado que la política (y con ella la partitocracia) está al servicio de los mercados: que primero es preciso garantizar el beneficio de los inversores y sólo luego (y a larga distancia) viene el bienestar de la población; que es más importante rescatar a las instituciones financieras que mantener o ampliar los derechos sociales. La ausencia de igualdad y de libertad es hoy perfectamente visible: en el ejercicio de una ley que no es igual para todos, en la utilización de la deuda como mecanismo para mantener una vida cada vez más imposible con unos salarios menguantes. Incluso aquí en las acampadas y en las manifestaciones: ¿cuántos sin papeles pueden participar sin miedo a ser detenidos en los aledaños de la plaza? O también ¿qué libertad existe cuando tu vida ha quedado encadenada a una hipoteca, que por obra y gracia de la legislación española tendrás que seguir pagando aún después de ser desahuciado?

Esto es ya una declaración de intenciones. Nuestra reivindicación podría ser tan sencilla como esta: “Queremos igualdad y libertad para que haya democracia”, “queremos libertad e igualdad porque sin ellas no hay democracia”. Para ello no sólo hay que perseguir la corrupción, si no también garantizar aquello que permite un mínimo de igualdad y de libertad. Libertad para los migrantes para poder moverse libremente y no ser objeto de permanente acoso. Libertad de poder declarase en bancarrota (que se admita la dación en pago) cuando ya no se puede pagar una hipoteca. Igualdad también, pero una igualdad que sólo se puede garantizar por medio de una educación igual para todos y por lo tanto gestionada y decidida por todos (no más dinero público a la educación concertada y privada); por medio de un acceso equitativo a la salud (no al negocio sanitario); por medio del derecho al cuidado cuando no se tiene toda la autonomía para ejercerlo sobre uno mismo y los demás (guarderías, dependencia, sanidad, pensiones dignas). Y sobre todo igualdad de condiciones para una vida digna que sólo se puede obtener por medio de un reparto equitativo de la riqueza existente, del control radical de las rentas especulativas y financieras y del control democrático de los recursos públicos. Que nadie tenga que sufrir ni la miseria del desempleo, ni la precariedad y la explotación brutal del mercado de trabajo para simplemente poder vivir.

Estos tres días nos han enseñado también una importante lección: la legitimidad y el consenso que secuestra el derecho a pensar y a participar políticamente en manos de los profesionales de la representación (básicamente los políticos de partido) es tan endeble y frágil como un castillo de arena ante el anuncio de la subida de la marea. Han bastado decenas de miles de personas en la calle y un mensaje claro (”queremos democracia y no lo que hay ahora”), para provocar primero el desconcierto, y luego la reacción histérica de políticos y medios de comunicación. Hoy, ayer y seguramente mañana, el diario El País y algunos de los periodistas de Prisa nos invitan a pensar sobre los peligros de gritar “que no hay democracia”. Nos lanzan sus argumentos en defensa del actual tinglado institucional y nos conminan poco menos que a elegir entre “parlamentarismo o totalitarismo”. Sin duda, estos adalides de las grandes conquistas de la Transición, olvidan lo principal, que de nada valen instituciones y leyes si éstas sólo sirven para mantener privilegios, y que la democracia es ante todo ejercicio cotidiano y directo de participación.

Los agentes financieros, políticos y mediáticos se han visto invadidos por el miedo a que el rey se vea finalmente al desnudo, a que el gran negocio de la representación política, se muestre como los que es: un simple negocio en manos de charlatanes a sueldo de grandes empresas. Los partidos políticos, recién desplazados, ¡por primera vez!, del centro del protagonismo social y político, han reaccionado intentando asimilar la nueva coyuntura. Sus posiciones basculan entre el ataque incipiente de la nueva derecha a un movimiento en el que ni tienen ni tendrán ninguna posibilidad de enganche y los patéticos intentos de la izquierda institucional por incorporar al movimiento a su dinámica electoral. Parámetros, recordemos, completamente fallidos, que tienen muy pocas posibilidades de lograr sus objetivos y que son justamente los que han desencadenado la movilización. Frente a esta desorientación de las fuerzas institucionales, el movimiento del 15M ya ha logrado una primera victoria: que en vez de soportar otra anodina campaña electoral, llena de candidatos y partidos de mierda, en la que no se decide absolutamente nada importante, todo el espectro social y político se vea obligado a posicionarse, y a retratarse, frente a cuestiones que parecían cerradas como ¿qué es la democracia?. ¿Quién tiene derechos sociales?. ¿A quién pertenece la riqueza que producimos entre todos?.

El camino que queda por andar a partir del día 22, justo después de unas elecciones que, insistimos, no cambiarán nada sustancial, será largo. Pasado el asentamiento temporal en Sol, tendremos que volver a poner nuestra inteligencia y nuestra imaginación juntas de nuevo para seguir abriendo espacios en los que sea posible hacer verdadera política, esto es, aquella que es capaz de producir cambios significativos en la realidad que vivimos.

Fuente: Madrilonia.

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