La torre de Babel (Julio Anguita).

Sin duda, recordarán los lectores el relato bíblico sobre la intención de los habitantes de Babel que, escarmentados por el diluvio, pretendieron erigir una ciudad- torre que fuera capaz de paliar las consecuencias de una nueva catástrofe. Yahveh, celoso, trocó en diversos lenguajes el único que hablaban aquellos humanos, y así, confundiendo sus lenguas ( babel significa confusión y balbuceo en arameo), la obra quedó sin terminar.

El largamente acariciado sueño de Víctor Hugo, Monnet, Coudenhove- Kalergi o Altiero Spinelli -por decir algunos europeos con propuestas sólidas y avanzadas acerca de la necesaria unidad de Europa- ha devenido en esto que llamamos Unión Europea y que nadie sabe exactamente en qué consiste, qué perspectivas plantea y si va a poder resistir por más tiempo la contumacia en el error de apagar el fuego a base de manguerazos de gasolina.

Todos saben que Grecia nunca va a poder pagar una deuda que cada vez se hace mayor. Todos saben que detrás, y ya, vienen Irlanda, Portugal, España y también Italia, y así, como los Diez Negritos de Agatha Christie, hasta que la deuda, ya incobrable, arrastre a la desaparición de lo que queda del llamado Estado del Bienestar y del modelo denominado europeo.

Estoy totalmente seguro de que los miembros del Consejo Europeo así como los de la Comisión son conscientes de que cualquier moroso necesita ingresos suficientes para subsistir y además pagar la deuda contraída. ¿A qué conduce un préstamo que se otorga con condiciones leoninas y casi usurarias y que tiene como finalidad abonar los plazos de una deuda anterior? ¿Y si se concede uno nuevo para pagar los intereses de este último? ¿Y así hasta donde y cuándo? ¿Y si el deudor se queda sin nada que enajenar o sin capacidad para consumir y producir?

El delito mayor de la casta gobernante que está asolando Europa no es el de la ignorancia, sino el de la consciente persistencia en el error. En este caso, lo babélico no está en el caos de lenguas, sino en el de ideas.

Fuente: artículo de opinión de Julio Anguita en El Economista

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