Desobediencia civil por John Pilger.

Hoy, en el mismo momento en que nos encontramos aquí, los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia están bombardeando una ciudad libia llamada Sirte. Tiene 100.000 habitantes. Día y noche edificios residenciales, clínicas, escuelas han sido bombardeadas con bombas de fragmentación y misiles Hellfire, también llamados bombas de vacío, lo que significa que te vacían el aire de los pulmones.

La prensa se refiere a Sirte como un baluarte pro gadafista. El reportero de Channel 4 en Libia describe los ataques con el símil “cortar la cabeza de la serpiente”, para estos heroicos periodistas existen dos tipos humanos en las guerras: las víctimas dignas y las indignas. Los habitantes de Sirte son victimas indignas y por tanto son prescindibles como personas y como noticias.

En Iraq, la gente de Falluja también eran víctimas indignas. Los marines americanos, con la ayuda de los británicos, mataron a unas 500 personas. El año pasado usé imágenes de lo que había pasado en Falluja en una de mis películas. Era espantoso, era casi una visión de Hiroshima. Ni un fotograma de esta película se emitió cuando todo esto ocurrió hace seis años, a pesar de que fue ofrecido, se rechazó. Como diría Harold Pinter, quien habló aquí a menudo, nada de eso ocurrió, no ocurrió ni siquiera cuando estaba ocurriendo. No importaba. En Falluja usaron de todo: bombas de racimo, fósforo blanco, los casos de cáncer proliferan hoy en esa ciudad.

En Afganistán filmé a una mujer llamada Arafah arrodillada junto a las tumbas de su marido y de otros siete miembros de su familia, incluyendo a seis niños. El piloto de un F16 americano lanzó una bomba de 250 kilos sobre su pequeño hogar, hecho de barro y paja. Estuve en el cráter y vi pedazos de huesos humanos.

Hemos tenido 10 años de semejantes crímenes que no ocurrieron, que no importaban, 10 años! La revisión está en marcha, y no me refiero al The Sun o al Daily Mail, ayer mismo The Guardian decía que la invasión de Afganistán era comprensible y que hacer una guerra corta era inevitable.

Comprensible, inevitable. No cuentan que Al Qaeda había abandonado Afganistán cuando la invasión comenzó. No cuentan que la administración Clinton había estado negociando en secreto un oleoducto con el régimen talibán, invitando incluso a los talibanes a un viaje secreto a Washington. No cuentan que los talibanes fueron agasajados espléndidamente en la mansión tejana del presidente de la petrolera Unocal. No cuentan que el ataque a Afganistán fue planeado casi seguro antes del 11 de Septiembre, como reveló más tarde el ministro de exteriores de Pakistán: le fue comunicado en Julio de ese mismo año que Washington había decidido eliminar el régimen talibán porque era poco fiable.

Alguna gente que debería tener más criterio se tragó las mentiras de que Afganistán era inevitable, comprensible. Mucha gente en los movimientos feministas de Estados Unidos creyeron a Hillary Clinton mintiendo sobre un ataque a Afganistán que “liberaría a las mujeres”. Cuando esta excusa ya no valía pasaron a las drogas.

No cuentan que los talibanes habían eliminado literalmente el mercado del opio. Hoy, jóvenes en las calles de ciudades británicas son adictos a la heroína gracias a los tratos de americanos y británicos que permitieron a sus señores de la guerra favoritos restaurar el mercado del opio.

Mirad: la guerra de Afganistán fue un fraude desde el principio. Igual que el ataque a Iraq fue un fraude, y la invasión de Libia es un fraude. Según la evidencia, publicada en Francia pero no en este país, el llamado Consejo de Transición Nacional de Libia prometió garantizar el 35% de las concesiones de petróleo a la compañía francesa Total a cambio de -y uso la palabra a cambio de, o mejor dicho, ellos usan la palabra a cambio de- la implicación militar de Francia. Y aquí tenemos a Cameron alardeando de que Libia es el modelo, el modelo para la intervención humanitaria en todo el mundo.

Vuestra presencia hoy, -nunca, nunca deberíais subestimar esto- vuestra presencia hoy es muy importante. Porque vosotros, y millones como vosotros en todo el mundo, representáis decencia, cordura, indignación.

Los Camerons, los Blairs, los Straws, los Obamas, los Bushes, representan extremismo. Ellos son el enemigo. Porque ¿Qué puede ser más extremo que la masacre y el sufrimiento de tanta gente inocente? Nunca perdáis la fe en vuestro propio poder. Porque no son invencibles. Temen este poder, ellos y sus apologistas os temen a vosotros pidiéndoles que rindan cuentas. Sobretodo, temen que desobedezcáis a sus atroces gobiernos y que dejéis de creeros su atroz propaganda. Porque desde Egipto a Chile, desde Wall Street hasta aquí mismo en Trafalgar Square, ahora sólo queda una cosa que hacer, y sabéis cual es: se llama Desobediencia Civil.

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