Los indignados tras las elecciones del #20N.

Las propuestas de estrategia de voto proliferaron en las vísperas de las elecciones generales del domingo pasado en España. En alcantarillas y retretes podía leerse “urna electoral” mientras que algunos sugerían ahorrarse los intermediarios y depositar los votos directamente en cajeros automáticos. Esta campaña de desecho de votos no ha sido una broma anarquista de una subcultura sino el reflejo de un descontento social que se ha extendido de forma extraordinaria.

Una imagen típica durante las protestas previas a las elecciones era un hombre respetable de mediana edad con un cigarro en una mano y un rotulador en la otra yendo de papelera en papelera escribiendo sobre las tapas “vote aquí”. “No nos representan” y “Todos son lo mismo” son eslóganes de los indignados (los progenitores españoles del movimiento Occupy que se han movilizado en cientos de miles a lo largo de todo el país y ahora son una corriente principal).

En contraposición a los partidos políticos, los Indignados dicen: ”Quieren tu voto, nosotros queremos tu opinión”. Cuestionan la verdadera legitimidad de la política electoral y atisban un vacío de la democracia representativa que la crisis de la Eurozona está convirtiendo en crítico. En sus palabras, “las elecciones están en custodia segura del Banco Central Europeo”.

El día de las elecciones los indignados convirtieron en tendencia en Twitter la votación protesta basada en una triple estrategia: abstención, desechar el voto o intentar romper el sistema bipartidista votando a un partido minoritario. En lugar de quedarse en casa simplemente, la sociedad registró de forma activa el descontento ante la oferta de opciones y el número de votos desechados dobló el domingo al de las últimas elecciones en 2008, alcanzando con abstenciones y votos en blanco los 11 millones (más de los conseguidos por el vencedor, el Partido Popular).

El descontento electoral refleja el duro clima político en España, con una tasa de desempleo del 46% entre los menores de 30 años. Debido a la crisis, los votantes han visto al partido socialista en el gobierno incumplir las políticas sociales y adoptar los duros programas de austeridad de la derecha, como ha sucedido con New Labour, lo que ha provocado el rechazo en su tradicional base de votantes. Lo del domingo no fue tanto una victora del PP sino una pérdida del PSOE de 4,5 millones de votantes.

Mientras tanto, la retórica de los indignados (acerca de que la democracia se está viendo erosionada por los mercados) ha recibido una desagradable validación mientras el mundo de las finanzas machaca a España. Justo antes de las elecciones los costes de los préstamos habían ascendido a 14 años. En palabras de Carlos Delclós, un indignado barcelonés, “Ahora mismo, la tarea de Mariano Rajoy radica en tratar de averiguar lo que Merkel o el FMI quieren que haga antes de que se lo digan, de manera que sus decisiones parezcan más una brillantez propia que una imposición de unas instituciones supranacionales dominantes. El movimiento sabe esto, y no creo que vayan a ser llevados a engaño pensando que estas elecciones cambian algo a parte de, quizás, el nivel de represión que el gobierno está dispuesto a imponer”.

Leónidas Martín, artista, activista y catedrático en la Universidad de Barcelona se hace eco de este asunto: “Los resultados son perversos, un reflejo del descontento con la democracia.” Sin embargo, Martín percibe un auténtico peligro en este descontento popular. Está “preocupado por el modelo de gobiernos tecnócratas impuestos por los mercados en Italia y Grecia”, afirma, porque “los mercados están incorporando el descontento de la sociedad en sus propios intereses”. Señala: “¿No te gustan los políticos? ¿No te gusta la democracia? Muy bien, te entendemos y queremos ayudarte. Simplemente deja todo en nuestras manos. Somos expertos”.

A corto plazo, la realidad de un gobierno de derechas puede rebajar el ánimo de los indignados. Sin embargo, también está disponiendo el escenario para una nueva ola masiva de protestas que fortalecerán el movimiento. En la próxima primavera aquellos que se quedaron sin empleo por la crisis comenzarán a quedarse sin subsidios. Ésto, combinado con unas nuevas medidas de austeridad rigurosas y unos sindicatos enfadados (cuyas manos han sido atadas por sus conexiones con el gobierno socialista pero pueden manifestarse luchando) marcarán el inicio de lo que parece ser una enorme y potente ola de acción directa.

Los indignados están jugando una partida larga. Inspirando las tácticas de Occupy Wall Street en otros países, han ocupado inmuebles vacíos propiedad de bancos por todo el país, desde Galicia hasta Andalucía y desde Madrid hasta Barcelona. Las asambleas generales de las acampadas que montaron este verano están siendo descentralizadas a vecindarios locales, los edificios ocupados están siendo utilizados para mantener asambleas durante los meses de invierno y alojar a aquellos desahuciados por el impago de hipotecas. “La respuesta a la crisis no es la apatía ni el cinismo”, afirma Kike Tudela, historiador y activista. “Tenemos cuatro años de lucha y resistencia por delante y la pregunta es ¿Qué tendremos después de estos cuatro años? ¿Queremos a los socialistas otra vez con más políticas neoliberales o queremos algo nuevo?”.

Los indignados están ahora explorando ideas que van más allá de los partidos políticos o incluso cambiar la ley electoral, tales como presupuestos participativos, referéndums, revocar elecciones y otras formas de legislación de iniciativa ciudadana. “Es un debate que debemos tener en el movimiento pero quizás podamos crear nuevas formas de política desde abajo. Estamos interesados en los modelos de Latinoamérica”, apunta Tudela, refiriéndose a los gobiernos que han resistido el asalto del neoliberalismo conjuntamente con los movimientos sociales que se mantienen a sus promesas.

Esta nueva forma de política que crea caminos eficaces entre los movimientos sociales y el gobierno es tremendamente ambiciosa. Pero como los indignados dicen: “Vamos lento porque vamos lejos”.

Fuente: traducción del artículo del periódico The Guardian.

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