Los cultivos OGM pierden la guerra contra las malas hierbas.

La academia americana de ciencias organizó el 10 de mayo una cumbre sobre las plantas genéticamente modificadas para resistir a los herbicidas. Los agricultores americanos tienen la impresión de haber sido estafados por quienes les vendieron las semillas, quienes les habían dicho que con la modificación genética ya nunca volverían a tener problemas de malas hierbas. Les bastaba con pulverizar glifosato (un producto creado por Monsanto, hoy de dominio público) para estar tranquilos. Una sola aplicación sería suficiente para destruirlo todo, salvo el cultivo provisto de un gen de resistencia al producto. Los agricultores se beneficiaron del sistema al principio: mejores rendimientos, reducción de mano de obra y costes. Hoy están desencantados.

Las malas hierbas también se han vuelto resistentes al Roundup, se multiplican muy rápido e invaden los campos de soja, maíz, algodón y colza. Ya hay 8 millones de hectáreas infectadas. “Con los herbicidas pasa como con los antibióticos. Al usarlos sistemáticamente, y demasiado, pierden eficacia porque las plantas desarrollan resistencia” dice Xabier Reboud, del Inra de Dijon. La crisis actual no le sorprende. De hecho, la esperaba antes. Las OGM han hecho dispararse el consumo de glifosato: 1,8 millones de toneladas en 2000, 30 millones el año pasado.

Cada año más plantas salvajes desarrollan resistencia. Sus mecanismos de resistencia son eficaces, y una vez seleccionados, se transmiten a su numerosa descendencia. La organización internacional encargada de su control (ISHRW) tiene en su lista 23 especies resistentes. “Pero la cifra subestima el problema porque solo tiene en cuenta a las resistentes a una dosis cuatro veces mayor a la que en la práctica se aplica. Hay muchas malas hierbas que toleran dosis menores de glifosato, y son estas las que tienen un gran impacto en los cultivos” (Bill Freese, centro americano de seguridad alimentaria). Según Harold Coble, del ministerio americano de agricultura, las especies resistentes serían en realidad 380.

En Alabama el amaranto de Palmer, una planta grande que crece muy rápido y produce millones de granos minúsculos, infecta el 80% de los campos de algodón OGM. El daño a los agricultores se estima en 82 millones de dólares.

Para afrontar el problema, la industria planea la combinación con otros herbicidas, lo que incrementará la contaminación, y añadir un nuevo gen de resistencia a las plantas cultivadas. “Abusan de los genes. Las plantas se volverán resistentes a los dos herbicidas. En las mezclas, las dosis son menores, lo incrementa el riesgo de desarrollo de resistencia. Es una huida hacia adelante”. Mientras tanto, Monsanto ofrece gratis a los agricultores un segundo herbicida. El uso de un mismo herbicida sobre enormes superficies es como el caso del glisofato en Estados Unidos, América del Sur o Australia, puede tener graves consecuencias, como en el abuso de los antibióticos. “La sensibilidad de las plantas a los herbicidas es un bien común, y la agricultura industrial la está destruyendo. Vamos contra el muro”.

Ya hay alternativas a las OGM. Cosechadoras capaces de separar el grano de la mala hierba están probadas en Australia. Pero el manejo de las malas hierbas requerirá probablemente más mano de obra. “Las OGM resistentes a los herbicidas les han aportado tanta comodidad a los agricultores americanos que no están dispuestos a abandonarlas”.

Fuente: artículo traducido de Le Figaro.

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